Solo aquel que ha vivido en un hogar cuyo padre está sumido en el alcoholismo sabe y entiende la impotencia que se siente al vivir en la miseria innecesaria.

 

Mi padre llegó a tener recursos económicos, de muy niños, teníamos lo necesario para vivir, pero cuando mi padre cayó en el alcoholismo, poco a poco se fue acabando, no solamente los recursos económicos, pero también la paz en mi casa. Todos los días mi padre alcoholizado ofendía a mi madre; Y quiero confesar que algunas veces le llegué a desear lo peor a mi padre. Para mi era injusto que mi madre tuviera que dedicarse a lavar ropa ajena para poder alimentarnos a todos. Éramos 7, 4 mujeres y 3 varones.

           

Alabo a Dios por mi madre, pues si no hubiese sido por ella, no se que hubiéramos hecho nosotros, pues éramos muy pequeños. Lo poco que mi madre ganaba, solo alcanzaba para medio comer, eso era triste porque estábamos en la adolescencia, y pues a esa edad uno no se satisfice con poco. Mi padre tenia una "pesera" (Un vehículo de pasajeros) y tenia la forma de ganar suficiente dinero para cubrir todas nuestras necesidades, pero la enfermedad del alcohol era tal, que mi padre trabajaba unas horas solo para irse a una cantina que se encontraba cerca de casa, ahí pasaba toda la tarde y parte de la noche emborrachándose.

           

Una tarde mientras miraba a mi madre preocupada, pues no había suficiente comida para cenar esa noche, me dio mucho coraje y dije, “Como puede ser posible que estemos pasando por esta situación mientras hay un vehículo parado, pudiendo estar trabajando para conseguir para comer”. Esa tarde me fui corriendo a la cantina donde estaba mi padre tomando, las lagrimas corrían sobre mis mejillas, pues no me parecía justo que viviéramos en esa miseria sin necesidad. Mientras iba por la avenida principal de la colonia, podía ver personas que estaban esperando que pasara la pesera para abordarla, pues era el único medio de transporte de aquella ocasión, y no había muchas de ellas, y pensé “esperen un momento y voy a regresar con la pesera de mi padre para levantarlos.”

           

Cuando trate de encender el motor de la pesera, salió el cantinero y me grito “Ey muchacho, que vas hacer?” y le dije “voy a echar una vuelta a la central,” y me dijo él “Estas loco? Tu no puedes hacer eso! Bájate de ese vehículo.” Después le conteste llorando, “a caso usted sabe lo que es el hambre? Acaso su esposa tiene que lavar ropa ajena para que sus hijos coman?” y luego le dije, “ mi padre le da a usted todo lo que gana, para que así coman sus hijos 3 veces al día, mientras nosotros nos morimos de hambre.” El cantinero quedó mudo, mientras yo me alejaba de su vista.

           

Recuerdo que una señora al subirse a la pesera me dijo “oye hijo, estas muy pequeño para andar manejando esto, no crees?” y le contesté, “ Señora, mi padre está en la cantina borracho y mi madre no tiene como alimentarnos, lo único que quiero es ganar un poco de dinero para seguir viviendo.” La señora respondió, “está bien mijo solo te pido que manejes con mucho cuidado, no vayamos a tener un accidente.” Cuando regresé de la central de autobuses, llevé a pesera a la cantina donde se encontraba el cantinero con el pendiente de mi regreso. Cuando llegué solo dijo “Gracias a Dios ya llegaste muchacho.”

           

Me fui inmediatamente y recuerdo que compré 1 kilo de frijol, 1 kilo de papas, 1 kilo de huevos, 1 kilo de tortillas, tomate y cebolla. Me fui a casa ansioso de ver la cara de mi madre cuando viera toda esa comida. Al llegar, puse la bolsa de alimento sobre la mesa y le dije a mi madre “aquí hay comida suficiente para que nos haga de cenar.” Al ver mi madre toda la comida, dijo, “De donde sacaste todo eso? Muchacho! Con que dinero lo compraste?” Le contesté, “Agarré la pesera de papá y fui a echar una vuelta a la central de autobuses.”

           

Mi madre se disgustó mucho y comenzó a regañarme, pues tenía miedo que pudiera causar un accidente y mientras me regañaba pelaba las papas, lavaba los tomates y nos preparaba la cena. Pasa el tiempo y conocí a Jesucristo. Le entregué mi vida y me di cuenta que la lucha de mi padre no era el alcohol, la lucha de mi padre era contra el enemigo de Dios. El lo tenia esclavizado en ese vicio y me propuse a orar por el. No solamente yo oraba por el, pero había mucha gente orando por el.

           

Hoy después de más de 40 años de alcohólico, mi padre ha sido alcanzado por el poder de Dios. 

 

Autor: José Roberto Alanis